{"id":2509,"date":"2021-10-04T15:04:54","date_gmt":"2021-10-04T13:04:54","guid":{"rendered":"https:\/\/www.joseph-wresinski.org\/es\/?p=2509"},"modified":"2021-10-05T15:24:21","modified_gmt":"2021-10-05T13:24:21","slug":"un-nino-en-el-circulo-infernal-de-las-violencias","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.joseph-wresinski.org\/es\/un-nino-en-el-circulo-infernal-de-las-violencias\/","title":{"rendered":"Un ni\u00f1o en el c\u00edrculo infernal de las violencias"},"content":{"rendered":"<p><em>Este texto, publicado en la introducci\u00f3n del libro \u00abLos pobres son la Iglesia\u00bb, se public\u00f3 en diciembre de 1970 en la revista \u00abFeuille de Route\u00bb n\u00ba 19.<\/em><\/p>\n<p>El recuerdo m\u00e1s remoto de mi infancia es el de una larga sala de hospital, y de mi madre gritando al lado de la religiosa que nos vigilaba. Como ni\u00f1o raqu\u00edtico que era, me hab\u00edan hospitalizado para enderezarme las piernas. Aquel d\u00eda dije a mi madre que las hermanas me hab\u00edan privado del paquete que ella me hab\u00eda tra\u00eddo el domingo. Mi madre, como qui\u00e9n sabe a costa de qu\u00e9 sacrificios hab\u00eda conseguido juntar para m\u00ed cuatro golosinas, se enfad\u00f3. Inmediatamente me arranc\u00f3 de las manos de la religiosa y me llev\u00f3 a casa. Desde entonces me qued\u00e9 con las piernas torcidas, y durante toda mi juventud tuve que soportar el rid\u00edculo y las burlas que me acarreaban esta deformidad, y la molestia de cojear ligeramente, sobre todo durante mi adolescencia.<\/p>\n<p>As\u00ed, el primero de los contactos con los dem\u00e1s, y cuyo recuerdo perdura en m\u00ed, es el de la injusticia y de un perjuicio que me hab\u00eda de marcar el cuerpo para toda la vida. Es sin duda por eso que se me han hecho intolerables estas narices que gotean, estas piernas torcidas, estos j\u00f3venes cuerpos, ara\u00f1ados ya, que me rodean hoy en las chabolas, los tugurios, los \u00abslums\u00bb.<\/p>\n<p>Que mi madre gritara detr\u00e1s de la Hermana, no me hab\u00eda chocado, Estaba acostumbrado a los gritos. En casa, mi padre gritaba siempre. Le pegaba a mi hermano ante la desesperaci\u00f3n de mi madre, pues le pegaba siempre en la cabeza. Injuriaba tambi\u00e9n a mi madre, y viv\u00edamos bajo el terror.<\/p>\n<p>No fue sino hasta m\u00e1s tarde, ya de hombre, compartiendo la vida de otros hombres como \u00e9l, de otras familias como la nuestra, cuando comprend\u00ed que mi padre era un hombre humillado. Sufr\u00eda por haber fracasado en la vida; arrastraba la verg\u00fcenza de no podernos dar ni seguridad ni felicidad.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed est\u00e1 el mal de la miseria. Un hombre no puede vivir as\u00ed, humillado, sin reaccionar. Y el hombre pobre, hoy como ayer, reacciona de la misma forma violenta.<\/p>\n<p>Esto era, para un ni\u00f1o como yo, introducirme en el c\u00edrculo infernal de la violencia. La violencia era la forma de responder al obst\u00e1culo, a las dificultades de todas clases y de todos los d\u00edas. E inconscientemente se convert\u00eda para m\u00ed, igual que para mi padre, en la manera de lavarme de todas las humillaciones que nuestra extrema pobreza nos impon\u00eda.<\/p>\n<p>Lo que m\u00e1s me sorprende siempre, a pesar de los a\u00f1os transcurridos, es que mis padres no hablasen sino de dinero. Ellos que no lo ten\u00edan, re\u00f1\u00edan casi siempre a causa de \u00e9l. Y cuando entraba en el hogar un poco de dinero, entonces disputaban sobre la forma de gastarlo.<\/p>\n<p>M\u00e1s tarde, al quedarse sola, mam\u00e1 nos hablar\u00e1 siempre de dinero. Y cuando habla de personas conocidas, ser\u00e1 siempre para decir que son ricas. De los curas de la parroquia dir\u00e1 \u00abson ricos\u00bb. Hasta la tendera del barrio ser\u00e1 rica a sus ojos. Y no es que mam\u00e1 fuera envidiosa. Pero cuando falta lo esencial, s\u00f3lo cuenta lo que puede saciar el hambre y hacer frente a la necesidad. Ocurre siempre lo mismo: y en las zonas grises; que rodean nuestras ciudades, los intereses, las disputas, las relaciones, convergen siempre en cuestiones de dinero.<\/p>\n<p>En este combate por la subsistencia me vi metido desde tierna edad. Era yo quien, a los cuatro a\u00f1os, sacaba la cabra al prado. La cabra que nos alimentaba a mi hermanita reci\u00e9n nacida y a nosotros, los ni\u00f1os. Conduci\u00e9ndola pasaba por delante del gran portal del convento del Buen Pastor, donde, a veces, una religiosa me dirig\u00eda la palabra. Un d\u00eda me pregunt\u00f3 si quer\u00eda ayudar a Misa todas las ma\u00f1anas. Aquel d\u00eda fui contratado por primera vez. En efecto, se trataba de un verdadero contrato. Ayudando a Misa, tendr\u00eda derecho a un buen taz\u00f3n de caf\u00e9 con leche, todas las ma\u00f1anas, con pan y confitura; y mantequilla los domingos. Adem\u00e1s, me dar\u00edan dos francos por semana. Fueron los dos francos los que me decidieron.<\/p>\n<p>As\u00ed fue como empec\u00e9 a tomar responsabilidades en la familia, antes de cumplir cinco a\u00f1os. Todas las ma\u00f1anas, durante casi once a\u00f1os, mi mam\u00e1 me llamaba para la Misa de las siete. Necesitaba casi diez minutos para llegar hasta la capilla, detr\u00e1s de los altos muros del convento. En invierno ten\u00eda fr\u00edo, la oscuridad me daba miedo. Pero as\u00ed lloviera o soplara el viento, encogido, sumergido en el sue\u00f1o, a veces tambi\u00e9n gritando de rabia, segu\u00eda la calle Saint-Jacques, bajaba por la calle Brault, desierta y hosca, hasta los prados, e iba a ayudar a Misa para que mam\u00e1 recibiera los dos francos. No creo haber faltado nunca a esta cita matinal, y me parece todav\u00eda como si toda mi infancia se hubiera construido a su alrededor.<\/p>\n<p>\u00a1Cu\u00e1nto hambre debi\u00f3 de padecer mi madre por nosotros para permitir que su peque\u00f1uelo se echara as\u00ed a la calle todas las ma\u00f1anas! \u00a1Y qu\u00e9 bien deb\u00eda de comprenderlo yo para aceptarlo sin que mi coraz\u00f3n se llenara de hiel y sin injuriar a Dios!<\/p>\n<p>M\u00e1s adelante, tuve que hacer el mismo camino de ida y vuelta al mediod\u00eda. Ya que \u00e9ramos los m\u00e1s pobres del barrio, no era de extra\u00f1ar que al salir de la escuela me precipitara otra vez hacia el convento, y esta vez para traerme en fiambreras o en latas de conserva vac\u00edas, una comida preparada con lo que com\u00edan las religiosas. Guisantes, lentejas, patatas, a veces alg\u00fan pedazo de carne, am\u00e9n de un pan inmenso que constitu\u00eda lo esencial de nuestra comida.<\/p>\n<p>As\u00ed, todos los d\u00edas de mi juventud fueron llevados por la vida de las religiosas del Buen Pastor, por su oraci\u00f3n y su comida, para que en nuestra casa no reinara el hambre.<\/p>\n<p>A veces, lo recuerdo viendo hoy a los ni\u00f1os trepando por los vertederos o siguiendo la carreta de sus padres, caminando para vaciar alg\u00fan desv\u00e1n o unos s\u00f3tanos. Ellos escarban en las basuras, recuperan los metales; yo ayudaba a Misa, esperaba nuestra comida en la puerta del convento. Hoy como entonces, el ni\u00f1o pobre no tiene ni\u00f1ez, en cuanto puede sostenerse sobre sus piernas, le caen encima les responsabilidades.<\/p>\n<p>Y no obstante, no hay duda de que, como con los ni\u00f1os pobres de hoy, tambi\u00e9n hab\u00eda lugar para el juego y para las risas. No hay duda de que me creaba mis escondrijos, mis circuitos inesperados en aquel viejo barrio de Angers donde, con los compa\u00f1eros, imagin\u00e1bamos laberintos. Pero hab\u00eda este ir y venir del convento, ir y venir de todos los d\u00edas, camino de la verg\u00fcenza de mi infancia, y esto ha borrado todo lo que en ella puede haber existido como consolaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Caminos de la verg\u00fcenza; no era \u00e9ste el \u00fanico, y todos en relaci\u00f3n con esta necesidad apremiante de la comida. Todav\u00eda me veo, chiquillo, trayendo de la tienda la botella de aceite que hab\u00eda hecho llenar por cincuenta c\u00e9ntimos. Si no estaba llena hasta el borde, mam\u00e1 me hac\u00eda volver para que me a\u00f1adieran cuatro gotas. Combate perpetuo y humillante de los pobres para acallar su hambre.<\/p>\n<p>M\u00e1s tarde hab\u00eda que devolver a la carnicer\u00eda los trozos de carne de caballo demasiado duros. En efecto, a los siete a\u00f1os hab\u00eda encontrado otro empleo: hac\u00eda los recados para Mar\u00eda Luisa, la carnicera, quien como paga me daba dos francos de carne todos los d\u00edas. Mam\u00e1 exig\u00eda que la carne fuese fresca y tierna. Y si hac\u00eda falta no ten\u00eda reparo en mandarme para reclamar, prueba en mano, una mejor calidad para la mesa familiar.<\/p>\n<p>En desquite por la verg\u00fcenza \u00e9ramos fuertes. Y yo, inconscientemente, me cobraba a pu\u00f1etazos la esclavitud abrumadora de tener que alimentar a la familia. Me acuerdo de haber aplastado a pu\u00f1etazos a otro peque\u00f1o adversario a los siete a\u00f1os.<\/p>\n<p>As\u00ed, cuando mi madre fue a buscar a la religiosa del parvulario para ver si yo pod\u00eda entrar en la clase de los mayores, la Hermana dijo: \u00abClaro, m\u00e1ndelo all\u00ed, que aqu\u00ed les puede a todos.\u00bb As\u00ed, desde mi tierna infancia, se mezclaban la falta de dinero, la verg\u00fcenza y la violencia.<\/p>\n<p>No recuerdo haber encontrado nunca a mi mam\u00e1 alegre al volver de la escuela. Abandonada, no se consolaba por tener que llevar sola la carga de cuatro hijos. Luego ser\u00edan las noticias del padre, y sobre todo el dinero que ten\u00eda que mandarnos y que no llegaba nunca. Y el gas que hab\u00eda que pagar, el carb\u00f3n del invierno, la estufa que hab\u00eda que cambiar&#8230;<\/p>\n<p>Casi siempre hac\u00eda fr\u00edo en casa. La vieja fragua donde viv\u00edamos estaba siempre llena de corrientes de aire. El aire se filtraba por debajo de las puertas, a trav\u00e9s de los tabiques. Uno de ellos estaba hecho de cajas recubiertas de papel de embalaje. Cuando el papel se romp\u00eda, el aire nos azotaba. Tambi\u00e9n hac\u00eda fr\u00edo porque todos los apartamentos de encima del nuestro comunicaban con el mismo conducto de la chimenea. \u00c9ste estaba casi siempre obstruido, y cuando encend\u00edamos el fuego, Teresa, la hija del sastre, bajaba a injuriar a mi madre porque se les filtraba el humo. Para evitar jaleos, mi madre retiraba entonces los pedazos de carb\u00f3n que hab\u00edamos sacado de los escombros de la f\u00e1brica de gas. Recogidos afanosamente, estos carbones, m\u00e1s que combatir el fr\u00edo, parec\u00edan aumentarlo con su pobreza.<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo explicar esta pasividad de mi madre que hoy vuelvo a ver en tantas madres pobres que encuentro en los lugares de miseria? Su temor de tener l\u00edos con los vecinos, tanto o m\u00e1s que del cansancio, ven\u00eda del miedo. Mi madre sab\u00eda que era extranjera, y siempre tuvo miedo de que la polic\u00eda viniera a buscarla para mandarla a Espa\u00f1a por Dios sabe qu\u00e9 motivo. Igual que las madres de las chabolas: siempre tienen miedo de que vengan a hacerles alg\u00fan mal.<\/p>\n<p>En cuanto a Teresa, la hija del sastre, que ven\u00eda a injuriarla, yo era un chicuelo todav\u00eda cuando, dando gritos, le bland\u00ed un palo. No s\u00e9 qu\u00e9 le dije con mi rabia de ni\u00f1o, pero desde entonces nuestro pobre fuego pudo seguir ardiendo bien o mal en la vieja cocina cuyo hogar estaba reventado, y cuyas brechas tap\u00e1bamos sin cesar con arcilla recogida en los prados vecinos.<\/p>\n<p>Mi madre se quejaba a menudo de su inquietud por m\u00ed, de mi retraso escolar, de que me mojaba en la cama. Y eso era una carga m\u00e1s para mis espaldas, pues todo el barrio Jo sab\u00eda. Los pobres no se esconden las lacras. No les quedan fuerzas para disimular las dificultades de una existencia abrumadora.<\/p>\n<p>Y no obstante, fue gracias a mi madre que pude presentarme al certificado de estudios primarios. \u00c9ramos pocos en la escuela de pago para recibir la instrucci\u00f3n gratuita, y \u00e9ramos los \u00faltimos de la clase. Por eso, cuando llegaron los ex\u00e1menes de fin de curso, el director no se quiso arriesgar a presentarme. Tampoco hab\u00eda presentado a mi hermano mayor, y mi madre no lo hab\u00eda tomado a mal. Pero cuando lleg\u00f3 mi vez, no quiso resignarse. Sab\u00eda que no era tonto, que ten\u00eda encima demasiadas responsabilidades, demasiado sufrimiento, y que sent\u00eda demasiado profundamente las injusticias. Para nosotros que recib\u00edamos la caridad, pero nunca lo que se nos deb\u00eda, las injusticias eran el pan de cada d\u00eda. Mi madre no quiso que se me a\u00f1adiera a\u00fan otra. Fue ella la que me quiso inscribir y la que me present\u00f3 a los ex\u00e1menes.<\/p>\n<p>Hasta hoy no he sabido las reservas de indignaci\u00f3n y de coraje que necesit\u00f3 mi madre para defender as\u00ed a sus hijos. Y me defendi\u00f3 tambi\u00e9n con obstinaci\u00f3n cuando a las se\u00f1oras de la parroquia se les ocurri\u00f3 hacerme entrar en \u00abLes Orphelins d&#8217;Auteuil\u00bb. Proyecto razonable, aparentemente, pero humillante para unos ni\u00f1os nacidos en la pobreza, lo mismo que para sus madres, el pretender educarlos al margen de los otros.<\/p>\n<p>En unos de esto arranques de dignidad que ya le conoc\u00eda, mi madre rehus\u00f3. Prefiri\u00f3 renunciar a la buena voluntad de las obras parroquiales.<\/p>\n<p>Y sin embargo,. al margen de los otros ya est\u00e1bamos. Demasiado pobres, \u00e9ramos los \u00abmarginados\u00bb del barrio popular, unidos al grupo por la limosna, no por la amistad.<\/p>\n<p>No \u00e9ramos los \u00fanicos. Todav\u00eda me acuerdo de la madre borracha y de su hijo natural. Al volver por la noche, \u00e9ste encontraba a su madre tendida en la cocina. La arrastraba hasta su cama y la acostaba. A veces se llegaba hasta nuestra casa y mam\u00e1 le sentaba a nuestra mesa, para darle a compartir el pan y la sopa.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n estaba la bruja. No quer\u00eda que los perros se parasen bajo su ventana. Nosotros, los ni\u00f1os, \u00edbamos a orinar contra su muro y ella nos gritaba. La quer\u00edamos, por eso la molest\u00e1bamos. No \u00edbamos a molestar al carnicero R\u00e9tif, ni al carpintero Cesbron.\u00a0 Eran los grandes del barrio. No eran de nuestro mundo.<\/p>\n<p>Un d\u00eda se encontr\u00f3 a la bruja muerta de hambre en su tugurio. Durante dos semanas nadie se hab\u00eda preocupado de ella. Aquella noche mi madre llor\u00f3, pues lo mismo habr\u00eda podido a nosotros, &#8211; \u00ab\u00bfQui\u00e9n se hubiera preocupado?\u00bb dec\u00eda. \u00abAs\u00ed morir\u00e9 yo\u00bb.<\/p>\n<p>\u00bfFue ella quien me ense\u00f1\u00f3 a luchar, no para vengarme de la humillaci\u00f3n, sino para liberar a un pueblo de excluidos?<\/p>\n<p>Un d\u00eda, uno de los mayores de la escuela \u2013se llamaba Sich\u00e9\u2013 la tom\u00f3 contra un muchacho m\u00e1s d\u00e9bil que \u00e9l. Lo arrim\u00f3 contra el muro de los servicios y le dio de pu\u00f1etazos y patadas. \u00bfQu\u00e9 pas\u00f3 por mi mente? Me lanc\u00e9 sobre \u00e9l, y, a mi vez, le di de pu\u00f1etazos y patadas. Le ara\u00f1\u00e9 la cara hasta que el maestro vino a separarme de \u00e9l por la fuerza.<\/p>\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 hice esto? Aquel muchacho debilucho no era nada para m\u00ed. \u00bfPor qu\u00e9 iba a defenderle? Y fue no obstante en \u00e9l donde se fij\u00f3 mi recuerdo y no en el castigo que me acarre\u00f3 el hecho. Me echaron de la escuela, pero de lo que vino despu\u00e9s de la pelea a penas me acuerdo. Lo que permanece en mi memoria como una vuelta de camino, es este muchacho, v\u00edctima de un Sich\u00e9 m\u00e1s fuerte que \u00e9l. Fue, me parece, el punto de partida de un combate en el cual saldr\u00e9 vencido pero que voy a proseguir testarudo, hasta el fin de mi vida.<\/p>\n<p>Pero llegar a ser combatiente para los marginados no es nada f\u00e1cil. Uno no se hace militante para unos individuos dispersos: una madre borracha, una bruja, un muchacho debilucho; uno ac\u00e1, otro all\u00e1. He tenido que encontrarles como pueblo, he tenido que descubrirme como parte integrante de este pueblo, encontrarme, adulto, en estos muchachos de las chabolas, en las barriadas que forman los cinturones de nuestras grandes ciudades, en estos j\u00f3venes sin trabajo que lloran de rabia. Todos ellos perpet\u00faan la miseria de mi infancia y me muestran la perennidad de un pueblo en harapos.<\/p>\n<p>Tenemos el poder de terminar con esta perennidad. La miseria ya no existir\u00e1 ma\u00f1ana si nos ponemos de acuerdo para ayudar a estos j\u00f3venes a darse cuenta de la realidad de su pueblo, a transformar su violencia en combate inteligente, a armarse con amor, con esperanza y con saber, para llevar a cabo la lucha contra la ignorancia, el hambre, la limosna y la exclusi\u00f3n.<\/p>\n<p>Esto no puede ser \u00fanicamente cosa de los gobiernos: ser\u00e1 cosa de hombres que acepten el andar con los marginados, comprometer su vida con la vida de ellos, dejarlo todo a veces para compartir su suerte.<\/p>\n<p style=\"text-align: right\">\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0 Padre Joseph Wresinski<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Este texto, publicado en la introducci\u00f3n del libro \u00abLos pobres son la Iglesia\u00bb, se public\u00f3 en diciembre de 1970 en (&#8230;) <a class=\"more-link\" href=\"https:\/\/www.joseph-wresinski.org\/es\/un-nino-en-el-circulo-infernal-de-las-violencias\/\">Leer m\u00e1s <span class=\"meta-nav\">&rarr;<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":4,"featured_media":2511,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"ep_exclude_from_search":false,"footnotes":""},"categories":[12,68,63],"tags":[],"class_list":["post-2509","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-actualidades","category-extractos-de-libros","category-recopilacion"],"acf":[],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.6 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>Un ni\u00f1o en el c\u00edrculo infernal de las violencias - Joseph Wresinski ES<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/www.joseph-wresinski.org\/es\/un-nino-en-el-circulo-infernal-de-las-violencias\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"Un ni\u00f1o en el c\u00edrculo infernal de las violencias - Joseph Wresinski ES\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"Este texto, publicado en la introducci\u00f3n del libro \u00abLos pobres son la Iglesia\u00bb, se public\u00f3 en diciembre de 1970 en (...) 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