A mis padres…les tratan como si fueran niños

El lodo, el calor achicharrante de las chabolas…
Es un universo transparente, donde todo el mundo
puede venir, aconsejar, reprochar, amenazar…
Donde todo el mundo interviene sobre todo y para todo:
el trabajo, la higiene, el presupuesto familiar,
el número de hijos…
donde cualquiera que llegue
se cree con derecho a opinar sobre el alma,
el corazón y el cuerpo.

El niño ve toda esta gente que desfila por su casa,
que interpela a su padre, que aconseja a su madre,
amenazando al uno y al otro:
«Vivís en concubinato», «Gastáis demasiado»,
y casi siempre se añade:
«… a mí no me importa, es por vuestros niños.
Si seguís así, os los quitarán…»

Esta vez el niño se siente tocado…
Sabe que la amenaza le concierne
y para que no se haga ilusiones,
una mano se posará sobre su cabeza y oirá:
«¿Quieres que te lleven a un Centro de Menores?»
Ese día el niño ha mirado,
con unos ojos muy abiertos por el miedo,
ojos llenos de todo lo que lleva dentro,
palabras terribles, cosas vistas…
No ha llorado, ya no llora.

De todos modos ¿no es ya demasiado mayor para llorar?
¡Cómo no va a saber que las cosas son siempre iguales
cuando los mayores hablan con su padre y su madre!
Pero hay una cosa que no entiende:
¿por qué no hablan así con la del ultramarino,
el maestro de la escuela, la panadera o el señor Cura?
Un día oyó decir de sus padres que eran como niños…
¿Será por eso que les tratan así?

La niña jugaba con una pelota.
La niña es Elisabeth, 8 años.
Se cayó y no gritó.
Tocaron su brazo y tampoco lloró,
pero su gemido era tan hondo,
que se dieron cuenta que se había roto el brazo.
La abuela, horrorizada, levantó a la niña
y sin esperar más, un vecino la llevó al hospital.
Elisabeth no lloró durante el camino.
No se llora cuando se tienen 8 años.

El hospital… una sala blanca… una mujer de blanco…
¡Qué limpio!, ¡Qué relimpio!
Algunas palabras cariñosas de la mujer de blanco:
«¿Cómo te llamas?» «¿Dónde vives?» «¡Ah!, ya veo…!»
Sigue un silencio…
De repente ve las manos de la niña,
las manos que, en su prisa,
la abuela se había olvidado de lavar antes de ir,
las manos que no había visto hasta el momento de saber,
que Elisabeth vivía en las chabolas cercanas.

Fue entonces cuando la señora tan amable
cambió de tono:
«¡Qué sucia estás!
¡Qué vergüenza tener unas manos tan sucias!».
«Bah», dice otra señora de blanco,
que había llegado mientras tanto,
«son todos iguales allí, están todos sucios.
¿No es una pena tener padres así?»

Fue en ese momento cuando Elisabeth
que no había llorado ni gritado
desde que se había caído
se puso a llorar desconsoladamente…
Su tierna edad, el dolor de su brazo,
su mirada de pajarillo asustado…
Todo esto ya no contaba, había desaparecido.
Sólo quedaban las manos sucias de una niña de chabolas.
Y, como a pesar de todo la pequeña llora,
allí también pondrán una mano sobre su cabeza diciendo:
«Pobrecita niña.»
Sin embargo, Elisabeth no es infeliz.
Tiene unos padres que la quieren
y se las ingenian para que sea feliz.

Por Navidad y para su muñeca,
su papá pintó un cochecito viejo.
A veces, el día de la paga le trae chupa chups.
A menudo su madre se ha sacrificado por ella.
Un día cuando su padre estaba en el hospital
oyó decir que su madre no comía
para que ella y su hermano tuvieran carne
porque tenía miedo de que cayesen enfermos también.
Entonces, ¿por qué decía el otro día una señora
hablando de su padre y de su madre:
«Esas gentes, son como…
tienen un montón de niños para sacar dinero.»
No entiende que su madre se sacrifique por ella
y que al mismo tiempo obtenga dinero gracias a ella.

Oyó también, mientras su padre estaba enfermo,
que alguien le había llamado perezoso.
Su padre no contestó nada, pero por la noche,
llegó muy tarde y gritó mucho.
Su madre también gritó mucho
al vecino que venía de Argelia
que se quedara allí en vez de hacer beber a su marido.

Por una amiga supo Elisabeth al día siguiente
que era en su casa
donde se había quedado su padre tan tarde la víspera
y que los dos hombres habían llorado.
Te remueve saber que llora un hombre.
Ella pensaba que solamente lloraban los niños.
¡Quizás fuera verdad que su padre era un niño!

¡Qué de complicaciones! Es un hombre… y es un niño.
Se priva por sus hijos…
y gana dinero teniéndolos.

Otra vez desde detrás de la empalizada
donde hablaban dos mujeres,
le llegaron briznas de la conversación:
«Esa gente, no quiere a sus hijos,
solamente los quieren con su vientre,
es un querer de bestias.»
Todo el día la buscaron
y por la noche volvió, sin una palabra, la cabeza gacha.
Una vez más se calló.
Pero desde su cama oía a su mamá decir a su papá:
«No, acuérdate de la desgracia
que fue para ti el estar en la Inclusa…
Nuestros hijos por lo menos tienen una madre;
¡no quiero que se vayan de campamento…!»
Luego dio su verdadera razón:
«Podrían no devolvérnoslos.»

Elisabeth se durmió.
En su sueño buscaba el rostro de una verdadera mamá
ya que la señora había dicho que la suya no era verdadera.

A pesar de todo Elisabeth se fue de campamento.
Volvió de Inglaterra con los demás niños.
Durante todo el viaje en tren no quiso comer nada,
ahorrando sándwiches, pasteles y bombones.
Eso sería para su madre.
El tren aminora su velocidad, un sobresalto y se para.
En sus brazos, un batiburrillo de cosas.
Elisabeth tenía agarrados sus pocos vestidos y su comida.
«¡Mamá!» llamó, «¡Mamá!»
Ya estaban los demás niños con sus madres.
Elisabeth se adelantó y se paró.
Palideció de repente, su madre no estaba.
En efecto, su madre, agotada por un sexto embarazo,
había tenido que ser ingresada, a pesar suyo,
en una casa de reposo.
Pero eso Elisabeth no lo sabía.
Entonces ofreció a la monitora que la acompañaba
los bombones, sándwiches y pasteles
que había guardado para su madre,
«Toma, toma…»

En la caravana Elisabeth y su madre
recibieron la visita de una señora.
Ésta me comentaba instantes después
«Es terrible, ¡esta niña odia a su madre!»
No contesté. ¿Para qué?
¡Algunas cosas son tan difíciles de entender!

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