El Voluntario contra el desamparo

Extracto de la reunión de voluntarios del 13 de agosto de 1963 Ecrits et Paroles aux volontaires, paginas 174-181

Extracto de la reunión de voluntarios del 13 de agosto de 1963. Padre Joseph Wresinski – Ecrits et Paroles aux volontaires, paginas 174-181 Utilizado en Haití por David Lockwood para presentar el voluntariado y mostrar que no es como una profesión.

Este texto lo utilizó David Lockwood durante un ciclo de formación en Haití con personas que querían entender lo que significa optar por el voluntariado. Es el primer texto del padre Joseph que utilizó tanto el año pasado como este, porque en él, el padre Joseph dice que lo que busca para el voluntariado son personas que quieran ante todo trabajar con los pobres, no personas que quieran ganar dinero o hacer carrera. David eligió este texto para empezar la formación porque le parece importante poner cuanto antes encima de la mesa la cuestión de que el voluntariado no le conviene a alguien que busca un trabajo, una carrera profesional. Este texto permite abordar esta cuestión tan delicada.

Os agradezco a todos que estéis aquí. Esta noche me gustaría retomar una conversación que he tenido hoy con algunos de vosotros. Porque sería interesante que, durante este primer encuentro, unos y otros compartamos algunas ideas. Yo por mi parte, voy a lanzar algunas ideas. Las retendréis según vuestras capacidades. Los árboles están repletos de polen, pero sólo salen algunos frutos. Lanzo polen y ya veremos lo que sale. Para empezar, voy a proponer algunas ideas sobre el voluntariado. Ya hablamos de ellas entre nosotros desde hace tiempo y las comunicamos de manera que todo el mundo pueda aprovecharlas, acogerlas y reflexionar sobre ellas, darlas a otros, etc. Voy a intentar ser lo más concreto posible y simplificar las cosas. En el mundo actual, es difícil llevar a cabo correctamente las tareas que tenemos que realizar, hacerlas a fondo, hasta el final, sobre todo cuando se trata de los más pobres. Para todo el mundo es difícil realizar ciertas tareas que sin embargo son esenciales, ya que, en el mundo moderno, todo lo que hacemos debe ser en cierta manera rentable, permitirnos vivir o quizás sobrevivir. Hago la diferencia. Los hombres modernos son ambiciosos, quizás más que los de antes, aunque no se den cuenta. Para llevar a cabo sus sueños, pasan superficialmente por los días, sin tener tiempo de profundizar. Están obligados a considerar todos los problemas que la vida moderna les plantea y resolverlos rápidamente, para afrontar otros inmediatamente después; y eso, sin parar. Eso no es vivir. Yo creo que entre nosotros debemos marcar bien esta diferencia por que puede darnos una idea de lo que puede ser el Voluntariado, no de cómo lo vivimos, sino de cómo lo soñamos a menudo. Los hombres están obligados a sobrevivir, pasar rápidamente sobre los problemas, venderse lo más caro posible en el día a día para hacer frente al día de mañana y alcanzar nuestras expectativas cada vez más grandes. Están constantemente ocupados en acabar con un problema para enfrentarse a otro y en “vender” de alguna manera lo que tienen para obtener otra cosa. Me parece que esto es absolutamente contrario al trabajo de un verdadero “voluntario contra el desamparo”. En el fondo, el voluntario para el desamparo es una persona de una sola idea, de una única cosa. Se encuentra frente a otras personas que debido a múltiples circunstancias – económicas, sociológicas, sicológicas – se han visto abocados a vivir en un estado que se encuentra por debajo de la pobreza, en un estado de miseria que llamamos desamparo. El voluntario contra el desamparo es el hombre de este estado y pone todos sus valores a disposición de aquellos que deben vivir así. Es el hombre de una única disposición, de una única cosa que es tomar la miseria de los otros, asumirla, llevarla en su corazón, colocarla sobre sus hombros y en el fondo descargar al otro de ella. El voluntario contra el desamparo, entrega todo lo que es, todo lo que constituye su valía. No digo que entregue su futuro, pero al menos durante el tiempo que da, se da completamente, no se preocupará más que de eso. Su pensamiento estará centrado en eso, su acción se desarrollará a favor de eso y no será más que alguien que comulga auténticamente con la miseria de los otros. Esta se habrá convertido en su propia miseria en el sentido profundo de la palabra. Se habrá convertido, en medio de los otros, en un hombre que carga con la miseria de los demás, con ellos; ésta se habrá convertido en su propia miseria. Esto nos lleva a otra idea: la persona que se preocupa del desamparo no necesita ganarse la vida. Invierte lo que posee y recibe su paga a cambio. Recibe de toda esa gente que a su vez le aportan sus propios valores enterrados. El drama del mundo es que, para sobrevivir de esta manera, hay que ganar dinero. Y a partir del momento en el que estás metido en este engranaje y ganas dinero, entras en una situación de conflicto permanente con nuevas necesidades que tienes que satisfacer todo el rato. Este engranaje destruye tu unidad interior; te impide unirte profundamente, ya sea a la tarea que se te ha asignado o a la misión que debes cumplir. El voluntario, sin embargo, no da un valor monetario a su inteligencia, sus riquezas, su corazón; no hace que le paguen sus fuerzas físicas. Las entrega en contrapartida con esta comunión profunda. No sé si me explico. Esta es una idea que tenemos desde hace tiempo, es la de entregarse uno mismo de manera auténtica, una especie de privación voluntaria, de una ética de la entrega de si mismo a los más pobres. Por otra parte, el mundo moderno exige una cierta rentabilidad y el engranaje en el que atrapa a los hombres les hace desaprovechar el tiempo. Este tiempo que es fundamental tanto para realizar las cosas, como para el conocimiento de las cosas, como para la entrega de sí a las personas. El hecho de que haya que ganar dinero rápidamente en contra partida a un trabajo hace que los hombres atropellen el tiempo. El voluntario para el desamparo tiene todo el tiempo del mundo delante de él, para él; el tiempo que necesite, lo toma y lo llena completamente. Ese tiempo, de hecho, no le pertenece porque lo ha dado todo. Yo diría incluso que esa entrega, es ese tiempo de la comunión, del adentrarse en otro mundo, también de la admiración. No podemos amar si no tenemos el tiempo de mirar, comprender, impregnarnos de las cosas, descubrirlas en profundidad e introducirlas en ti. El tiempo de transformarse a uno mismo, convertirse en un ser nuevo por que hemos conocido algo nuevo. El voluntario contra el desamparo no mide el tiempo, lo entrega y yo diría que lo hace con cuidado. Lo hace en esta unidad, en esta comunión con el otro. Mantiene en su interior la noción de algo que se prolonga en el tiempo; una noción que hoy está perdida. Forma parte de su forma de vivir y por eso no tiene prisa. No creo que podamos hacer algo contra la miseria si no tenemos tiempo, si no aceptamos el factor tiempo. Tener prisa, querer llevar la cuenta, hacer estadísticas, obtener resultados rápidos, son datos válidos para otros, pero para nosotros no tienen ningún valor. En el combate contra la miseria, por el contrario, son valores con los que pierdes, elementos de valor perdido. Si no le dedicamos el tiempo necesario, lo perdemos todo. Esta tarde lo comparaba con los hombres que construyeron las catedrales. Tenían el sentido del tiempo, tenían tiempo para ellos. Que la catedral se construyera en diez años o en dos siglos no tenía importancia. Ellos se lanzaban a tumba abierta. Añadían construcciones, las interrumpían, tiraban un muro, añadían una capilla, según los intereses del momento o de la importancia. Para los voluntarios contra el desamparo es igual. Lo importante es construir la catedral, no terminarla. Las catedrales fueron construidas poco a poco, por diferentes generaciones, con la posibilidad de hacer nuevos descubrimientos, poner en práctica creatividades nuevas. De esta manera, el tiempo se convertía en un valor en sí mismo. El tiempo valorado de esta manera, el tiempo gratuito, entregado, también permite tener el espíritu crítico, en el sentido griego de la palabra, en el sentido profundo de apertura a la cosa amada. La crítica supone amar, mirar algo en su conjunto, en su contexto y con todo detalle para volver a encontrarlo en su conjunto. Esta mirada crítica, que aclara y construye, demanda gratuidad, tiempo entregado. Cuando tenemos prisa, no tenemos el espíritu crítico, y por lo tanto, tampoco científico. El sabio es aquel que, en su laboratorio, no fuerza las conclusiones y acepta, cuando surgen, cuestionarlas sin cesar. El voluntario contra el desamparo tampoco fuerza las conclusiones. No tiene prisa por concluir, llegar a resultados calculados de antemano. Lo que le interesa es conocer un mundo, dejarse llenar por él. Es en este sentido que podemos compararlo con un proceso científico. Una realidad nos llena y nos transforma. Otra idea que tenemos cuando soñamos con todo esto es la de ser asceta. Hemos hablado de gratuidad, del salario abandonado voluntariamente, del sentido del largo plazo que significaba no ver el resultado final. Esto es ser asceta. Se trata de una especie de purificación de sí mismo a través del abandono de muchas cosas. Se trata de una obligación espiritual para aquellos que tienen fe, una obligación sentimental, también, para aquellos que aceptan ser ascetas dándole una dimensión esencialmente humana – aún diría más, maravillosamente humana. Creo que es necesario ser asceta, pero daos cuenta también de lo maravillosa que es esta entrega. Por que, a través de las mortificaciones del corazón, del cuerpo, del espíritu, a través de este abandono de si mismo – esta idea la tengo en la cabeza desde hace meses – sin darnos cuenta, estamos entrando en el camino trazado por todos aquellos que a través de los siglos, fueron creadores de unidad, aportando así la verdadera respuesta a la desgracia. Pienso en todos esos hombres, como por ejemplo Sócrates, que aceptaron ser pobres voluntariamente, eligiendo privarse de bienes adquiridos legítimamente e incluso parece ser, a veces necesarios. Son ellos los que aportaron a la humanidad, a través de las culturas y los siglos, la respuesta a las preguntas fundamentales. Respondieron con su vida de pobre, a un mundo rico, en el cual, como en el mundo de hoy, sólo los valores materiales y la eficacia tienen peso de verdad. Jesucristo fue el hombre de la miseria y durante siglos ha habido hombres que han buscado también afirmar, con una vida pobre, que es únicamente a través del desprendimiento y la entrega personal, respetando el tiempo y la auténtica gratuidad, sólo así podemos extirpar la miseria del corazón de los hombres. Pues estas son algunas ideas que nos preocupan desde hace tiempo y con las que sueño pensando en vosotros, voluntarios que ibais a venir. Esta noche os las lanzo un poco de cualquier manera. ¿Qué más puedo deciros a vosotros que sois nuevos? Claro que no seréis héroes que aportarán la respuesta a la miseria. ¡Para eso tendríais que dar mucho tiempo! Sin embargo, me gustaría que comprendierais que asumiendo tareas muy simples, podéis participar en una verdadera respuesta. Si hay que hacer sobres y buscáis la austeridad de un sobre bien hecho, si tenéis que pegar cosas, mover tierra para hacer una carretera, construir un edificio que no termina de hacerse, si veis chavales que os roban, que rompen vuestros cristales, si os despiertan por la noche unas manos que se plantan encima de tu cara, deciros que es eso estar al servicio de los pobres. Tenéis que deciros que la miseria no conduce a nada, que es destructora. Es destrucción permanente, renovada todo el tiempo. Por que el que está sumido en la desgracia no sabe ni lo que es el tiempo ni el dinero. Ni siquiera tiene la posibilidad de elegir entre estas dos maneras de vivir: entre la rapidez y la eficacia del día a día o la gratuidad que exige el largo plazo. Ni siquiera es consciente de todos los valores entre los que podemos elegir. No puede saber lo que es ser una asceta porque, durante toda su vida, se le ha impuesto la pobreza. Durante el tiempo que estéis en medio de ellos, os convertís en cierta manera en testigos de una opción por determinados valores. No digo que todos los voluntarios lo hayan hecho siempre, por que hay voluntarios mediocres. Hablo de los famosos voluntarios, jóvenes verdaderos que sueñan con ser los Sócrates, el Jesucristo de su tiempo. También tenéis que saber que ante la miseria nunca se es testigo solo. Somos testigos formando parte de un equipo, de una comunidad. Igual que todos aquellos que han creado comunidades pobres para dar testimonio de pobreza en medio de su mundo, para afirmar que la miseria de sus hermanos era un mal inadmisible, vosotros también formáis parte de una comunidad, sois por un tiempo, un eslabón de esta cadena. Pues esto es lo que quería deciros esta noche para que lo reflexionéis. Cada martes he dado prioridad a proponeros diferentes reflexiones entre las que podéis elegir una u otra y compartirlas entre vosotros. Nada os impide continuar esta conversación bajo la dirección de Philippe.

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