Los orígenes del 17 de octubre: un hito en la reflexión sobre los derechos humanos

(…) La pobreza, la extrema pobreza, se ha hecho tan patente en nuestros días que era inevitable, era necesario que, en algún momento de la historia, diéramos un paso casi universal para recordar a las víctimas de la extrema pobreza en todo el mundo. Pero también para recordarnos que, gracias a quienes viven en la extrema pobreza, se ha producido un avance definitivo en la comprensión de los derechos humanos.

En efecto, las personas que viven en la extrema pobreza nos han enseñado que el mayor peligro al que se enfrentan quienes la padecen sería que se estableciera una distinción entre las libertades civiles y políticas, por un lado, y los derechos económicos, sociales y culturales, por otro. Es porque hemos hecho esta distinción que la extrema pobreza ha resurgido en los últimos años en nuestros países ricos. La extrema pobreza existía, pero resurgió precisamente porque estábamos muy centrados, enfocados en los derechos civiles y políticos, y con demasiada frecuencia nos hemos olvidado de los derechos económicos y sociales. No hemos tomado las medidas necesarias para erradicar esta extrema pobreza, porque ni siquiera éramos conscientes de que existía. En cierto modo, nuestras preocupaciones y nuestras batallas eran de otra índole.

Hemos olvidado que los desempleados de larga duración se convierten rápidamente en personas dependientes. ¿Por qué? Porque ya no tienen seguridad social, ya no pertenecen a un sindicato o a un partido político, ya no se les consulta, ya no son libres. Se vuelven personas que dependen de quienes les ayudan y a las que ya no se tienen en cuenta. Y así hemos redescubierto que estos hombres ya no son libres ni participantes; que alguien que es desahuciado de su casa, que deambula de un lugar a otro, ya no tiene derecho a una tarjeta de votante, ya no es un ciudadano. Sin trabajo, ya no es miembro de un sindicato o de un partido político; sin vivienda, este pobre hombre que encontramos, esta pobre familia que encontramos, ya no es un ciudadano y ya no tiene derecho a votar.

También hemos reconocido que estos hombres, estas familias sin domicilio reconocido, no pueden participar en ninguna asociación que defienda los intereses de los inquilinos. Lo mismo ocurre con alguien que sufre una enfermedad y que, en esta situación de extrema pobreza, no puede ir al hospital, e incluso puede ser rechazado por el hospital.

Así, poco a poco, nos damos cuenta de que, sin salud, sin dinero, cuando la mente está atormentada por problemas de supervivencia personal o familiar, las familias en situación de gran pobreza, los hombres y las mujeres en situación de gran pobreza, no pueden tener una vida comunitaria. Sus hijos saldrán de la escuela sin saber leer ni escribir, lo que les condenará al desempleo y, en consecuencia, no sólo a la falta de vida familiar, no sólo a la falta de una vida profesional válida y estable, sino también –y esto es quizá lo peor de todo– a la falta de dignidad en su vida sindical y política, y a no poder, como cualquier otro ser humano, expresarse y sentirse parte del país en el que viven, del desarrollo del país en el que viven.

Este es el progreso que ha realizado la opinión pública, gracias a los más pobres: esta indivisibilidad de los derechos es cada vez menos discutida. Cada vez se reconoce más. Por eso celebramos el 17 de octubre: porque es importante señalar este avance en la reflexión sobre los derechos humanos.

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