Nací en Angers el 12 de febrero de 1917…

Mi padre era polaco. Era un trabajador industrial. Lo enviaron a Madrid y ahí conoció a mi madre. Por asuntos de trabajo regresó a Francia y cuando estalló la guerra los dos estaban en París. Por ser alemán-polaco, y ser percibido como alemán, lo arrestaron y encarcelaron. Estuvo confinado junto con su esposa y su hijo, Luis. La detención siempre fue atroz. En esa época nació una niña —mi hermana— que murió de hambre ante la falta de comida para alimentarla. Ha de haber tenido un año. La pérdida de esa bebé, por causa del hambre, marcó profundamente a mi madre.

Fue atroz porque de la prisión los enviaron a Saumur y la gente del lugar iba a insultarlos y lanzarles piedras a través de los barrotes. Después los encerraron en el Gran Seminario de Angers, decomisado para ese fin. Mi padre era polaco-alemán y por lo tanto era considerado enemigo de la nación francesa. Esto lo afectó al grado que nunca se recuperó.

Nací en un hospital en Angers en 1917. Cuando mi padre salió de la detención, se instalaron en la calle Sant-Jacques donde mi padre empezó a ocuparse con trabajos varios para ganarse la vida. Mi abuelo del lado polaco era relojero, reparaba relojes, y mi padre aprendió el oficio. Un buen día alguien le dejó un reloj de oro para reparar. Dos estadounidenses entraron al diminuto cuarto donde trabaja y robaron el reloj. Ya te imaginarás que la gente del barrio comenzó a hablar. Mi padre se partió el lomo para pagar el reloj, pero en el barrio se quedó la idea de que éramos medio ladrones.

Y eso —eso—, caló hondo en mi padre y lo convenció de que no podía quedarse en Francia. Se sentía humillado.  Quería volver a Polonia. Mi madre titubeaba porque sabía lo que era vivir en pobreza extrema y, sobre todo por sus hijos, no quería tomar el riesgo. Entonces se negó a seguirlo en ese momento y un buen día perdió la pista de mi padre. Al fin y al cabo, se separaron por eventualidades de la vida y no por razones familiares.

Al inicio, mi padre regresó al Sarre. Teníamos noticias de él y siempre le pedía a mi madre que nos reuniéramos con él. Pero ya comprenderás que mi madre no quería embarcarse en tal aventura sin cierta seguridad o respaldo. Le daba vueltas y vueltas al asunto y, un buen día, dejamos de recibir noticias suyas. Después, a través de nuestras pesquisas, nos enteramos de que había regresado a Polonia y que despareció cuando bombardearon Danzig (hoy Gdansk). Eso es todo lo que pudimos averiguar.

Para entonces vivíamos con mi madre. Era una gran persona que se ganó el respeto de todos a su alrededor por sacar adelante a sus hijos —y no por lamentarse. Sabía darle buen uso a su inteligencia. Es por eso que siempre he luchado para que los niños y jóvenes con los que nos encontramos aprendan a sacar provecho de su inteligencia. Lo que destruye a quienes viven en pobreza extrema es el no poder encontrar respuesta a situaciones imposibles de resolver.

El gran obstáculo que enfrentan es el límite para poder procesar, asimilar o ver las posibilidades en las situaciones que atraviesan. Y entonces no saben cuándo es pertinente guardar silencio, dar un paso atrás o dar un paso adelante. ¿Lo puedes comprender?

Esa es una de las razones por las que cuando llegué al asentamiento de Noisy-le-Grand, me interesé más en crear una guardería infantil y después una biblioteca para la escuela que en distribuir víveres y demás. Mi interés principal era “compartir el saber”. Veía a niños y niñas de inteligencia extraordinaria que en la escuela no hacían nada. Se sentían ajenos, totalmente fuera de lugar. Al verlos crecer, pensaba que en cualquier otro lugar serían maestros, médicos, padres—quizá. Perdieron el rumbo en la vida por no poder tomar rienda de su razonamiento. ¡Eso es una profunda  injusticia!

 

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