Los más pobres pueden ser el fermento de una verdadera democracia.

La condición de los más pobres 1 es una afronta a nuestros principios democráticos. Sin una base sólida de respeto a las minorías no hay democracia. Las mayorías deben defender y asegurar que las minorías se puedan expresar; de lo contrario, la democracia se vuelve una mera usurpación de poder por parte de los fuertes.

Tenemos la responsabilidad de garantizar que nuestras democracias proporcionen a las minorías los medios necesarios para poder actuar a título propio y participar en los mismos términos que los demás.

No obstante, nuestras democracias, que se jactan de estar fundadas sobre la igualdad de oportunidades, son profundamente desiguales. Desde hace casi dos siglos, una parte de la sociedad ha tomado control de los poderes económicos, políticos, sociales y religiosos. Sin importar el régimen en turno, este sector ha seguido protegiendo los privilegios obtenidos a lo largo de siglos.

Quienes nos revelan la realidad profunda de nuestras sociedades son los más pobres: se les ha dejado despojados: despojados de todo medio de expresión y de toda posibilidad de llevar una vida digna. Se les ha reducido a seguir el juego de los demás —de administraciones, grupos de caridad, iniciativas sociales—. Se les ha convertido en objetos, no se les reconoce como sujetos conscientes con voz propia. Se les ha obligado a actuar, a fingir y a “seguir la corriente” para obtener algún medio de subsistencia.

Aún así, si nos acercamos a estas familias, no deja de sorprender la fuerza de su valor humano. Porque el ser humano no se deja aplastar ni diluir, el ser humano resiste.

Como aquel hombre que conocí en el este de Francia. Por motivos graves se había quedado sin empleo y ahora, en esa región, no volvería a encontrar trabajo. He aquí una familia en una situación desesperada, dejada a su suerte, sin más recurso que la mendicidad y la pillería para poder criar a sus cuatro hijos, porque la sociedad —y esa sociedad somos nosotros— no proporciona el mínimo soporte a sus miembros para simplemente poder sobrevivir.

Y no obstante, este hombre es un trabajador. Lo conozco desde hace doce años. Encontraba trabajo, lo perdía y no descansaba hasta encontrar otro. Hace no mucho tiempo lo visité, y al entrar a su casa, lo encontré recargado en la mesa de la cocina. Recobró la compostura, me recibió con dignidad, me contó de sus dificultades, sus aspiraciones y su gran deseo de trabajar.

Esta es la experiencia de los más pobres: generaciones de trabajadores orillados a labores irregulares y provisionales. Porque se les juzga inferiores, se les da una formación inferior. Y he aquí, frente a mí, un descendiente de estas generaciones, un hombre de 35 años, sin oficio, que desde el otro lado de la mesa exclama con todo su ser: “encuéntreme trabajo”.

  1. El autor hace referencia a la “condición subproletaria”, término que resulta más relevante ese el contexto original que en el actual. En todo el texto se ha traducido como “los más pobres”
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