Los niños son campeones del amor!

Cuando se habla de los niños, siempre surge la sorpresa, siempre se tienen sorpresas. Recuerdo a Patricia, su padre era enterrador y era horrible en su casa porque ¡todo estaba cubierto de mortajas! El mantel era una mortaja, las servilletas eran mortajas. La madre se había ido y había seis niños en casa además de Patricia. Por la noche, se acostaba en la cama de su padre y se agarraba con imperdibles a él para que la policía no viniera a llevársela con sus hermanos y hermanas. En esta pelea con la policía, ella se escondía con sus hermanos y hermanas, con mi complicidad por otra parte, entre el tejado y el techo del jardín de infancia y pasaba a veces varias noches para que la policía no se la llevase.

Y luego, una vez que había pasado todo esto, volvió la madre, había salido el sol. Y después, mucho más tarde, cuando volví a encontrar a Patricia en la vida, me dijo: «Cuando era pequeña era maravilloso, yo era tan feliz, papá cargaba todo sobre sus hombros». Creo que eso son los niños. Los niños, de todo hacen pequeños momentos de felicidad y eso constituye la alegría de los mayores porque cuando se reconocen las pequeñas dichas de los niños, no solamente se tienen deseos de darles mucha felicidad, sino que se confía en que, en la vida, no estarán marcados, que no tendrán odio. Siempre he destacado — y esto es absolutamente extraordinario — que los niños de la miseria han crecido, pero han crecido sin odio.

¿Tal vez porque esto hubiera sido demasiado duro de soportar? Tal vez también porque los padres y sus madres hacían enormes esfuerzos y los niños reconocían los esfuerzos que los unos y las otras hacían. Quizás por esta razón los niños de la miseria se mantenían tan unidos a sus padres. A menudo uno se asombra y dice: «¡Pero se quedan allí, no se van!» Se habla de aglutinación, pero eso no es verdad. Es porque ellos se dan cuenta perfectamente de que su padre y su madre han sufrido muchos golpes por ellos.
Ellos han sido… ¡Oh, no digo ya el escudo, es mucho más que eso!, ellos han sido los corazones que han envuelto su corazón. Es extraordinario.

Hablar de los niños, esos chiquillos que una tarde de febrero que hacía frío, mucho frío, el viento era helado, iban a vender sus canicas porque era el santo de su madre. Hacía varios días que no tenían pan en casa y no había nada que comer. Habían venido a verme pero yo tampoco tenía nada. Yo había ido a mendigar un poco a diestro y siniestro y había conseguido pan duro y se lo había dado. Pero aquel día dijeron: «Es el santo de mi madre, ¿qué le vamos a dar a mamá?» Así que vendieron sus canicas y llevaron un pan por la noche a su madre. Así son los chiquillos. Los chiquillos de la miseria nunca son miserables.

También recuerdo a Nono en el barro, era espantoso, había llovido, había charcos por todas partes. Llega una señora muy elegante, le trae chocolate y Nono va hacia su hermanita para compartir con ella el chocolate. Eso son los chiquillos de la miseria. Yo era así cuando era un chiquillo, inventaba, encontraba, buscaba, cogía, pillaba lo que podía, me las ingeniaba para que no se pasara demasiada hambre en casa. Igual que los niños de la miseria, son campeones, campeones del amor. Es una lástima que esto no se reconozca.

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