¿Qué dicen nuestras opciones de base ?

Intervención de Joseph Wresinski del 2 de septiembre de 1986 durante la sesión Cuarto Mundo – Tercer Mundo

Intervención de Joseph Wresinski del 2 de septiembre de 1986 durante la sesión Cuarto Mundo – Tercer Mundo

(Joseph Wresinski comenzó su intervención hablando de las opciones de base del Movimiento)

“… ¿Qué dicen estas opciones, nuestras opciones, las que nos unen a través de todo el mundo? Que todo hombre lleva en sí un valor fundamental inalienable, que no puede ser cuestionado, y que constituye su dignidad de hombre. Podríamos haber dicho, ¿no es cierto?, que todo el mundo tiene derechos, que toda persona es objeto de derechos, (…). De esta manera hubiéramos podido formular nuestros principios de base sobre una especie de identidad ambigua, imprecisa. Sin embargo, nosotros hemos querido, y esta es la voluntad formal de los fundadores del Movimiento, que la primera declaración del Movimiento sea que toda persona, sea quien sea, lleva en sí un valor inalienable que constituye su dignidad de ser humano. Entonces, si el hombre tiene un valor en sí, si él es este valor, si vive este valor, si este valor le motiva y le empuja, entonces sea cual sea su modo de vida y su pensamiento, su situación social o sus medios económicos, su origen étnico o racial, este valor que tiene le sitúa de hecho en igualdad con todos los otros hombres. Entonces él es el punto de partida, porque es hombre, y no de manera abstracta, sino porque lleva este valor, es portador y merecedor de derecho. (…) es objeto de derecho y es en su interior donde tiene todo su valor, y su valor se alimenta de sí mismo, yo diría por sí mismo, en su pensamiento, en sus amores, en sus expresiones, en su comportamiento, en su voluntad. Entonces, por consecuencia, él mismo es el primer agente de su liberación. Y esto es con lo que nos encontramos cuando conocemos a las familias. No estamos ahí para aportarles un valor suplementario, no estamos ahí para darles una especie de añadido, en el fondo, este suplemento lo tienen en ellas mismas. Y todo lo que hacemos nosotros es recoger lo que son, hacerlas descubrir lo que son. A veces lo que se ha hecho, voluntariamente, es que lo ignoren. Es en esta medida en que nuestro acompañamiento tiene valor para ellas, un significado para ellas, les es útil. La cuestión que siempre nos planteamos cuando hablamos, cuando hablamos de la acción, es en qué les somos útiles a las familias. En qué somos útiles a los niños, a los jóvenes, en qué somos útiles a la sociedad, ¿en qué nos somos útiles a nosotros mismos? Este es el criterio. La pregunta que debemos plantearnos es en qué somos útiles. Somos útiles en la medida que revelamos su propio valor y hacemos de ese valor el impulso que les motiva, el punto de partida de cualquier acción. El resto está incompleto, a medias. Podemos ser un profesor absolutamente extraordinario, fantástico, formar a jóvenes a dar clase, eso no sirve de nada si como punto de partida no reconocemos fundamentalmente este valor inalienable que es el impulso activo, el motivo para actuar, la razón de la acción de las familias, de los niños, de los hombres. Y eso no se lo podemos robar, no tenemos derecho a robárselo, no tenemos derecho a encuadrarlo, a ahogarlo, no tenemos derecho a actuar en su lugar. No tenemos derecho a situarnos delante de ellos. La única responsabilidad que tenemos es acompañar este valor, darle plenitud, activarlo. (…) Este valor inalienable que implica ser persona, la miseria, el sufrimiento, la pena… en realidad no hacen más que acentuar todo lo que hay en ella de reivindicación por la justicia, el amor, la verdad, esta necesidad de compartir que tenemos unos y otros. Entonces el sufrimiento y la pena deben de ser para nosotros un abono que ponemos en la tierra para que el árbol crezca y se desarrolle plenamente. (…) Una vez que hemos percibido y tomado conciencia de que la miseria no desposee al hombre de su valor, sino que es un impulso, una revelación del valor de los hombres en cuanto a lo que contiene de reivindicación de la justicia, de la verdad, del compartir, entonces no utilizaremos ese valor como punto de partida ni como meta, sino como impulso permanente. Tanto más cuando nosotros mismos, la sociedad, el conjunto de los hombres a menudo nos esforzamos en hacer casi de este sufrimiento un medio para ahogar, para paralizar a los hombres, hacerles perder la conciencia de lo que son, una especie de ceguera que hace que ya no sepan ni lo que son ni en quiés quieren convertirse y que en el fondo, su valor debe permitirles llegar a ser. De esta manera nos situamos en el meollo de por qué estamos en medio de las familias que acompañamos, de lo que vivimos con ellas. No asumimos nada, les permitimos asumir lo que son. (…) Lo que hacemos no tiene valor más que en la medida en que aquellos con los que lo hacemos ganan día a día un conocimiento más preciso de lo que son capaces de hacer, capaces de amar, capaces de pensar, capaces de compartir. (…)”

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