¿Quién dará testimonio?

En 1982, el padre Joseph Wresinski, en un viaje a Israel y Palestina, escribió a los voluntarios que trabajaban en el centro internacional de ATD Cuarto Mundo en Pierrelaye. Quince años antes de la inauguración de la placa en honor a las víctimas de la pobreza, habló de la necesidad de contrarrestar el olvido en el que desaparecen, como en un verdadero agujero negro, los sufrimientos padecidos por los más pobres de nuestra humanidad. Mientras nos preparamos para el 17 de octubre, Día Mundial para la Erradicación de la Extrema Pobreza, merece la pena volver a este texto fundamental.

«Cuando estás tan lejos de tus bases hay cosas que tienes ocasión de vivir en un contexto universal y puedes, además, darles su verdadera dimensión. Una de ellas es la sabiduría que tuvo el Movimiento cuando decidió escribir hora a hora, día tras día, la miseria en que vivían las familias. Fue una decisión que nos fue dictada, estoy seguro, por el amor que teníamos por ellas y por la certeza de que sin esa relación cotidiana sería imposible otro porvenir para las familias, que estarían condenadas al olvido como decíamos entonces.

En Palestina vivo incesantemente esta realidad del olvido. Decíamos: la vida y la presencia de los pobres no dejan huella. ¡Qué huellas, qué señales han dejado en La Courneuve, en los Francs Moisins! El otro día pasé por allí: ni siquiera reconocí el sitio exacto. Sin embargo, qué de lágrimas han mojado aquel suelo, qué de sufrimientos de centenares de familias han soportado aquellos lugares, qué de gritos han atravesado el cielo. No se ha levantado ningún monumento, no han puesto ninguna lápida, ninguna placa conmemorativa. Sólo la carne de los hombres tiene las cicatrices, sólo lo recordarán los niños que han crecido antes de perder la memoria y, pese a todo, en aquellos lugares la humanidad ha sufrido como en ninguna otra parte. Allí hemos visto mendigar a los niños, cubiertos de vergüenza, hemos visto cómo les pegaban si no conseguían nada. Hemos visto a los mayores humillados de un modo que no está permitido, víctimas de leyes inadaptadas, sometidos a comportamientos inhumanos por su mezquindad que expresa la tiranía de los ricos sobre los pobres. Hemos visto la arbitrariedad reina y señora, hordas de pobres, gentes sin defensa envileciéndose hasta reventar de vergüenza.

¡Qué no habremos visto! ¿Quién lo sabrá, quien dará testimonio de ello, quién transmitirá las palabras de esta parte de la humanidad reducida a la esclavitud, a un heroísmo sin gloria porque no había nada que defender, no podía embriagarse con ninguna causa, más que la de la humilde sonrisa, el humilde amor familiar desconocido, incomprendido, a menudo ridiculizado? Si no hubiéramos estado allí día tras día, una de las páginas más dolorosas de los pobres habría sido arrancada del libro de la historia de los hombres, y éstos, que habrían olvidado todo lo que han hecho sufrir a sus hermanos, podrían creerse justos y censores».

 

 

 

 

 

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