Al acogerles esta mañana tras las paredes de la UNESCO, me doy cuenta de que son casi 25 años en los que ustedes, los académicos, los investigadores científicos, responden fielmente a la llamada del Movimiento ATD Cuarto Mundo. Casi un cuarto de siglo de fidelidad, desvelos y esperanzas compartidos entre ustedes y los ámbitos de investigación que representan.
Nuestro Movimiento, que en 1960 creó su propio Instituto de Investigación, creaba en aquel mismo momento su propia historia de acogida y de colaboración con una red internacional de investigadores externos. Estos investigadores llegaron como amigos y después se convirtieron en colaboradores, primero a título individual. Después, en 1964, sentimos la necesidad de formar un grupo, de hablar y actuar en conjunto, para reforzarnos mutuamente y, al mismo tiempo, para tener más peso en el mundo que nos rodea.
Acogerles en tanto Comité Permanente de Investigación sobre la Pobreza y la Exclusión5 no tiene, por lo tanto, nada de particularmente original en la historia de ATD Cuarto Mundo, excepto quizás la noción de «permanente». Aunque todos estábamos de acuerdo desde hacía ya un tiempo, fue en octubre de 1979 cuando expresamos públicamente la necesidad de ver nacer y consolidarse, en la vida pública internacional, un comité que asumiera de manera permanente una función indispensable en nuestras sociedades en todo el mundo.
Sin embargo, no es de la historia del nacimiento del actual Comité ni de la necesidad de que tuviera un carácter duradero de lo que quiero hablarles tras darles la bienvenida, con todo mi corazón, esta mañana. De todo eso ya hemos hablado en el Comité y en los subgrupos desde octubre de 1979 y lo esencial de nuestro pensamiento común está recogido en los documentos que hemos elaborado.
De lo que quiero hablarles esta mañana es de las funciones del Comité o, más concretamente, de una de sus funciones. Se trata de una función que no ha asumido ninguno de los grupos que les han precedido en nuestro Movimiento (y, por lo que sé, ninguna instancia en todo el mundo). Se trata de la función (y, de buena gana diría, del deber) que tienen los investigadores del campo de la pobreza de hacerle un sitio al conocimiento que tienen los más pobres de su propia condición. Hacerle un sitio a este conocimiento, restituirlo como único e indispensable, autónomo y complementario de toda otra forma de conocimiento y ayudarlo a desarrollarse. Y a esta función, como bien lo adivinan, se añade otra: la de hacer sitio, restituir y ayudar a consolidarse el conocimiento que pueden tener quienes viven y actúan entre los más pobres y con ellos. Ciertamente no es la primera vez que hablamos de estas dos partes de un conocimiento integral a las que ustedes [académicos e investigadores científicos], se suman como una tercera parte: la del observador externo.
Pero mirando el trabajo que nos espera estos tres días y también lo que ya hemos emprendido a medio plazo, me gustaría sencillamente clarificar algunas ideas que el Movimiento ha aportado a esta cuestión. Son ideas nacidas y maduradas a lo largo de estos 25 años, durante los cuales ustedes han conocido a los más pobres y a la gente de acción. Permítanme detenerme en este punto.
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